Volver

Esto no empieza tarde por casualidad. No ha sido la mudanza, ni la pachorra tropical, ni la apretada agenda, lo que ha hecho que empiece a escribir un mes después de haber llegado a Brasil. Ha sido la necesidad de dejar pasar el tiempo.

Había leído muchas veces eso de que cuando te marchas de un lugar olvidas algunas cosas, algunos lugares también, y recuerdas otros de forma magnificada. Es decir, recuerdas lo que te da la gana de recordar para que las memorias sean buenas. Y, por supuesto, la ciudad (o el país) queda congelado en tu mente conforme a tus vivencias. Después, quien tiene la suerte de volver a ese lugar en el que vivió se descubre con sentimientos enfrentados: por un lado, la alegría del regreso, y por otro, la melancolía (y también incredulidad) de descubrir que todo ha cambiado.

Había leído todo eso, pero nunca lo había experimentado en primera persona. Y sin embargo así ha sido, y durante este primer mes la sensación que me ha acompañado todo el tiempo ha sido la del mareo: todo es familiar, pero nada realmente conocido. Conozco los lugares, pero no sé llegar a ellos (ni mucho menos situarlos en el mapa, hace dos semanas fui incapaz de ubicar mi antigua casa). Nada es nuevo, no puedo escribir sobre tal o cual comida que nunca antes había probado ni tampoco hablar de costumbres sorprendentes que me hayan llamado la atención. Tampoco todo es viejo, pues mi Brasil se congeló en el 2011 y está claramente desactualizado. En resumen: mareo.

Y luego están las personas: las de antes, a los que echo más de menos que a nadie porque es como si mi mente se hubiera empeñado en viajar en el tiempo al viajar en el espacio, y las de ahora, a las que me cuesta dejar entrar porque, de nuevo, parece que no acabo de entender que esta es una experiencia totalmente distinta.

Con todo esto quiero decir que necesitaba tiempo. Me hacía falta tiempo para entender y asimilar que todo cambia: las ciudades, los países, las personas y por supuesto yo misma. Y aunque suene a filosofía barata, así debe ser, pues sin cambios ni circunstancias nuevas no hay retos ni tampoco oportunidades.

Ha tenido que pasar un mes para que vuelva a ser consciente de que estoy en el país que quería, de que tengo un trabajo en el que aprendo cada día cosas nuevas y unos compis de aventuras estupendos a tiempo completo. Ah, y el armario lleno de ropa de verano.

Soy un poco lenta, pero por fin siento que estoy en Brasil.

Y estoy lista para contároslo.